martes, octubre 30

Difunto (parte 4)
















XXXI

Se me muere la piel
se cae, renace, Difunto,
sin conocer tu tacto,
tu aroma.
Ahora debo llorar tu ausencia
y todas esas muertes
que no te tocan, que no te sudan.
¿Será, Difunto, que acabe
pronto de extrañarte?

XXXII

Estoy harta, Difunto,
de esta manera, ridícula,
que tengo de extrañarte,
de mis cursilerías al pensarte,
quiero por un día no escribir de ti,
ni pensar en el hubiera;
regresar a casa,
leer mis libros,
arroparme en las cobijas
y todo, sin evocar ni un poco
tu presencia en cada cosa…
pero no puedo,
tanta azúcar en mi despensa
grita que te espero,
más allá de cualquier acto volitivo.

lunes, octubre 29

(Soy)
















Soy la mujer que escribe su historia con la tinta entre sus poros,
con las formas del recuerdo.
Mi nombre es una compleja encrucijada,
una mentira que me cuento;
mis años, la memoria de algún tiempo,
lo perdido en los escombros. 
Soy la brújula sin norte,
la navegación hacia lo incierto.
Tengo la naturaleza humana,
 ─toda─,
que se manifiesta a flor de piel. 
Soy la moribunda que no puede dejar de existir.
Soy la definición puntual de lo incierto,
de las dudas y las mareas nocturnas de mi playa ausente,
de mis muertos que no lloro,
de las cuentas por pagar.
Soy lo que soy,
Aunque no pueda definirlo.

miércoles, octubre 24

(Tú)



























Tú que te buscas en cada rincón de mis palabras,
que miras en silencio y desde lejos cada paso mío.
Tú que te sabes latiendo entre mis muslos,
mis labios y la vida;
que te resignas,
que asumes
─según tus maneras nada empáticas─
las consecuencias de tus actos;
tú que fuiste canto de sirenas
en esta navegación incierta;
tú que remueves mi nostalgia,
mi pasión,
que me desarmas,
y me quitas argumentos;
tú, que por fin aniquilaste mis ganas
de luchar contra corriente…
tú que no rezas,
que no estás,
tú con tus temores,
con tus diablos;
tú, a quien
—de tantas maneras—,
puedo definir
a veces quisiera preguntarte,
—indagar en tu mutismo—,
el porqué de tanta insuficiencia en lo que soy. 

Tregua











Dejas un florero en la cocina.
Persigues el tiempo que no tienes,
los pendientes que te agobian.
Haces cosas propias de tu oficio
y lavas, planchas,
levantas la ropa sucia que tapiza el suelo,
te nublas, te cansas,
imploras un pausa.
Te miras al espejo
distingues formas agradables.
Te das cuenta, entonces,
que no eres tan fea,
ni tan vieja,
ni tan mala;
piensas que quizá un día de estos
tengas un poco de suerte,
que tu vida no es un fiasco.
Respiras,
agradeces en silencio esta tregua.

Bitácora


 
 
 
 
 
 
 
 
Tengo muy presentes mis razones

esas, las que me separan de tu vuelo.

 

Persigo mis gaviotas en cielos lejanos

les pregunto de tu sombra,

de tus manos,

de tu lejanía necesaria,

de la purga del recuerdo.

 

Nadie sabe mis secretos náuticos,

mis mareas

ni naufragios,

─y aun con eso─

hay veces que semejas

la bitácora pasada,

esa, la que enterré en una playa desierta,

la que me hizo arena.

 

Por eso me marcho

guardo estos recuerdos en tu ausencia,

encripto mis palabras no enunciadas,

las opaco con el llanto,

con la risa

y con la nada

porque sé

que tus diablos y los míos

pesan tanto,

que su feroz carga

aplastará mi fe

─la poca que me queda─

esa que resguardo.
























Ella: con su vida abigarrada,

con sus manos enlutadas.

con sus múltiples miradas,

su confusión de madrugada.

Ella: la que ríe, la que canta,

la que extraña, la que habla.

la que escribe, la que lee en la distancia;

la que acumula sus palabras, sus pendientes.

Ella: la que deambula por las calles

persiguiendo un recuerdo.

Ella: la que tatúa historias secretas en su cuerpo.

Ella: Yo

sábado, octubre 20

Difunto (parte 3)


XXVI

Ojalá, Difunto,
nunca sientas lo que yo,
porque,
hay dolores,
que nadie debería vivir.

XXVII

Difunto, si me quieres,
—tal sólo un poco—,
si me extrañas, si me piensas algún día,
lee con atención:
a mis labios, Difunto,
les falta la comisura de tus besos.

XXVIII

Si eras tan feliz, Difunto
¿para qué dormir entre mis brazos?
¿para qué los besos, si este cuerpo,
te parecía avejentado?

Difunto, por tu alma
jamás contestes mis preguntas,
porque no existe nada,
después de ti,
que devuelva a mí la calma.

XXIX

Hasta ahora, Difunto,
he sido fiel a mi palabra:
ni tus besos, ni tu estampa,
ni el aroma de tu pecho,
ni la Vía Láctea de tus manos.

Hasta ahora, Difunto,
habló de ti, con ecuanimidad,
como parte del pasado…
pero te traigo aún presente,
latiendo entre los labios.

XXX

Quiero, Difunto,
aferrarme a tiempos buenos,
sanar el alma con las lunas,
renacer;
contar la historia desde cero,
aunque te ame a lo lejos.

Difunto, quiero evocarte
con la fuerza de un latido
y la voluntad de un pensamiento:
voy a tatuarme, Difunto,
un recuerdo encriptado,
donde pueda leer
cada letra de esta historia
y remontarme al mar,
a la playa de tu cuerpo,
a las olas de mi infancia,
porque, Difunto,
haz dejado tu huella
inalterable en esta arena.



viernes, octubre 19

Difunto (parte 2)


















XVII

Me tienes, Difunto, pensando en tus manos,
mezquino, escatimas en afectos,
por eso, tan fácil,
enumero los recuerdos a tu  lado,
nunca fueron tantos besos.
¿Qué debo aprender, Difunto, con tus lecciones?
¿A qué hora se acaban las preguntas?
¿Cuándo?
Difunto, eres el pan y el vino:
la sentencia y mi castigo.

XVIII

“Difunto”, escribo, para que mi pulso no tiemble con tu nombre.
Así te digo, para sentirte pulverizado
con el peso, de todos, el más grande:
el de la muerte.
¿Porqué, Difunto, el amor no termina con un parpadeo?
Te extraño como al aire de mi tierra, Difunto,
como la arena que mis plantas reniegan,
como la espuma de mar que se arremolina entre mis pasos.
—Difunto-arena, Difunto-mar—
Difunto mío, es inútil este intento,
esta muerte me deja más prendada del pasado.

XIX

Cuenta tus palabras, Difunto,
seguro te faltarán algunas,
—míralas con calma—,
inicia el inventario de tu lengua, Difunto,
y repasa ese vocabulario que usas,
—ese tan tuyo que se resbala entre recuerdos—.
Difunto, te huelo tan cercano,
te pierdo por default,
y esas palabras tuyas me las quedo
a ver si puedes, Difunto, volver a utilizarlas
después de este llanto mío
que es muy tuyo.

XX

¿Qué decirte, Difunto, después de todo,
después de tanto?
¿Qué, si no me escuchas?
¿o será que te hiciste mudo?
Difunto, quisiera tener la voz de las sirenas,
para tenerte con embrujos
para no ser yo quien sufra por ausencias.
Te sé, Difunto, como la enfermedad de mis adentros,
como la sed en medio del desierto,
como un oasis perpetuo,
como la cura de mis males.
¿Serás siempre mi blanco y negro?

XXI

El tiempo que dedico, Difunto, a escribirte,
ya no lo lloro, ya no lo sufro
Difunto, no es que duelas menos,
es que me habituaste a tu destemple.

XXII

Difunto, si rezas, eleva plegarias por mi alma.
Pide por mi vida, por este amor que es tuyo,
pide por olvidos, para frenar esta oquedad
que me carcome el pecho.

Difunto, si rezas,
enciende una vela por nuestros besos,
otra, por las madrugadas a tu lado,
una más, por el hubiera que no es cierto.

XXIII

Esta noche, Difunto,
quisiera arrullarte entre mis pechos,
brindarte mi calor,
a tu abrazo, inagotable.

Esta noche, Difunto,
quiero rendirme,
de vuelta, ante tus besos.

Difunto, este odio,
a veces, me resulta insostenible
y el llanto, inagotable.

XXIV

Me arde el pecho, Difunto,
por esta dificultad cardiaca,
—acaso amatoria—,
crónica,
que eres tú, Difunto,
con tus letras y tus nombres,
con tus mentiras quizá,
con tus amaneceres casi inocentes.

Difunto, me arde este amor agónico,
convulsivo, estentóreo:
me duele, Difunto… me dueles. 

XXV

Te me notas, Difunto, en la mirada.
Mística, me dicen unos,
silenciosa, dicen otros;
y una mueca que antes fue una risa,
se queda en las comisuras de mis labios:
cansada, contesto;
del alma y del cuerpo, pienso.

Te me notas, Difunto,
con tus muchas muertes,
con tu ausencia, con el frío,
con mis lágrimas océanos,
con estas, mis manos vacías. 

jueves, octubre 18

(Llorar)



















Llorar cada noche con su madrugada
con todas las ganas.
Llorar porque sí
y por nada,
quizás por todo.

Llorar hasta secar mis aguas,
mis mares,
hasta matar esta fauna
que navega tan profundo.

Llorar hasta pedir socorro
y no necesitar una barca.

Llorar cada noche con su madrugada,
para empezar el día con un vaso de agua,
rogar para que acaben los monzones perseguidos por sequías.

Llorar:
            para exorcizar el alma.