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jueves, febrero 28

Reminiscencia













¿A dónde me escapo, Difunto?
si tu aparición habita
de continuo en mi mente?

Convertí tu recuerdo
en la medida obligada
de todo beso y aliento.

Y busco una piel amielada
en mi rincón solitario
pero sé con certeza
que mi padecimiento
se llama reminiscencia.

Dime cómo, Difunto
tú lograste olvidarnos,
cómo tú has vuelto a amar. 

sábado, noviembre 10

Difunto (parte 7, final)
















XXXVI

Se terminaron mis fuerzas
mis ganas de nombrarte.
Siempre supe
que el recuerdo, a tanto recurrirlo
se desgasta,
se somete al olvido o al desgano.

De tanto odiarte, Difunto,
se me hizo polvo el cariño
se achicó mi fe.

Difunto, y mis manos,
después de tanto asir,
te pudieron soltar.

XXXVII

Difunto,
en tu persecución insensata
por embaucarme con tu voz
y tu manía
de cohonestar cada uno de tus actos,
has provocado,
no sólo mi apatía,
sino el desamor con que te escribo.

XXXVIII

Devoraré tus silencios
serán las mentiras,
tu ausencia,
el pan y el vino,
el acto eucarístico más grande,
el sacramento tatuado por el cuerpo
con que recordaré
tu tránsito devastador por mi sendero.

Y ahora, Difunto,
guardo un minuto de silencio
por tu sueño eterno;
lo dejo atorado
en la garganta de los ciegos,
de los moribundos,
en la lectura de los sabios.
Y te veo morir,  con desgano,
en medio de este ritual memorífago.


 XXXIX

Después de tanto,
Difunto, observo tus ojos
con miradas agónicas
—estertóricas—
los contemplo con mi aliento memoricida
—crotálico—
y te veo morir con prisa…
Así pasa, Difunto,
los muertos, a pesar del dolor
y después de las lágrimas
terminan olvidados
en una tumba fría,
en un panteón sereno,
donde ya nadie los visita.

XL

En una cuarentena de actos te suicido,
te aplico la eutanasia,
te aviento al precipicio,
desuello tu presencia.

En una sarta de versos dolorosos
me despido,
te destituyo de estos labios,
te arrojo a la indiferencia.

En ese montón de llanto desenfadado,  
escrito a punta de rabia y de nostalgia,
he inmolado la fe,
mas no la mía,
sino la que tuve en ti.

jueves, noviembre 1

Difunto (parte 5)















XXXIII
A veces, Difunto, el aire trae noticias tuyas.
Sé, entonces, de tu felicidad compartida,
alejada—,
de la mascarada que habitas,
la que has vuelto tu morada perniciosa…
Difunto, lo sé, la ingenuidad
ha sido perdición para mi vida
y la credulidad, el sepulcro de mi fe.

XXXIV
Difunto mío, durante el día pienso en tus labios,
en lo mucho que te extraño, en tus abrazos,
pero mis noches, Difunto, ahí es donde te odio:
cuando el insomnio me ataca y los porqués arremeten…
a veces, Difunto, no sé qué será de mi alma
si entre el amor, el llanto y la vigilia
se me está yendo la vida.

martes, octubre 30

Difunto (parte 4)
















XXXI

Se me muere la piel
se cae, renace, Difunto,
sin conocer tu tacto,
tu aroma.
Ahora debo llorar tu ausencia
y todas esas muertes
que no te tocan, que no te sudan.
¿Será, Difunto, que acabe
pronto de extrañarte?

XXXII

Estoy harta, Difunto,
de esta manera, ridícula,
que tengo de extrañarte,
de mis cursilerías al pensarte,
quiero por un día no escribir de ti,
ni pensar en el hubiera;
regresar a casa,
leer mis libros,
arroparme en las cobijas
y todo, sin evocar ni un poco
tu presencia en cada cosa…
pero no puedo,
tanta azúcar en mi despensa
grita que te espero,
más allá de cualquier acto volitivo.

sábado, octubre 20

Difunto (parte 3)


XXVI

Ojalá, Difunto,
nunca sientas lo que yo,
porque,
hay dolores,
que nadie debería vivir.

XXVII

Difunto, si me quieres,
—tal sólo un poco—,
si me extrañas, si me piensas algún día,
lee con atención:
a mis labios, Difunto,
les falta la comisura de tus besos.

XXVIII

Si eras tan feliz, Difunto
¿para qué dormir entre mis brazos?
¿para qué los besos, si este cuerpo,
te parecía avejentado?

Difunto, por tu alma
jamás contestes mis preguntas,
porque no existe nada,
después de ti,
que devuelva a mí la calma.

XXIX

Hasta ahora, Difunto,
he sido fiel a mi palabra:
ni tus besos, ni tu estampa,
ni el aroma de tu pecho,
ni la Vía Láctea de tus manos.

Hasta ahora, Difunto,
habló de ti, con ecuanimidad,
como parte del pasado…
pero te traigo aún presente,
latiendo entre los labios.

XXX

Quiero, Difunto,
aferrarme a tiempos buenos,
sanar el alma con las lunas,
renacer;
contar la historia desde cero,
aunque te ame a lo lejos.

Difunto, quiero evocarte
con la fuerza de un latido
y la voluntad de un pensamiento:
voy a tatuarme, Difunto,
un recuerdo encriptado,
donde pueda leer
cada letra de esta historia
y remontarme al mar,
a la playa de tu cuerpo,
a las olas de mi infancia,
porque, Difunto,
haz dejado tu huella
inalterable en esta arena.



viernes, octubre 19

Difunto (parte 2)


















XVII

Me tienes, Difunto, pensando en tus manos,
mezquino, escatimas en afectos,
por eso, tan fácil,
enumero los recuerdos a tu  lado,
nunca fueron tantos besos.
¿Qué debo aprender, Difunto, con tus lecciones?
¿A qué hora se acaban las preguntas?
¿Cuándo?
Difunto, eres el pan y el vino:
la sentencia y mi castigo.

XVIII

“Difunto”, escribo, para que mi pulso no tiemble con tu nombre.
Así te digo, para sentirte pulverizado
con el peso, de todos, el más grande:
el de la muerte.
¿Porqué, Difunto, el amor no termina con un parpadeo?
Te extraño como al aire de mi tierra, Difunto,
como la arena que mis plantas reniegan,
como la espuma de mar que se arremolina entre mis pasos.
—Difunto-arena, Difunto-mar—
Difunto mío, es inútil este intento,
esta muerte me deja más prendada del pasado.

XIX

Cuenta tus palabras, Difunto,
seguro te faltarán algunas,
—míralas con calma—,
inicia el inventario de tu lengua, Difunto,
y repasa ese vocabulario que usas,
—ese tan tuyo que se resbala entre recuerdos—.
Difunto, te huelo tan cercano,
te pierdo por default,
y esas palabras tuyas me las quedo
a ver si puedes, Difunto, volver a utilizarlas
después de este llanto mío
que es muy tuyo.

XX

¿Qué decirte, Difunto, después de todo,
después de tanto?
¿Qué, si no me escuchas?
¿o será que te hiciste mudo?
Difunto, quisiera tener la voz de las sirenas,
para tenerte con embrujos
para no ser yo quien sufra por ausencias.
Te sé, Difunto, como la enfermedad de mis adentros,
como la sed en medio del desierto,
como un oasis perpetuo,
como la cura de mis males.
¿Serás siempre mi blanco y negro?

XXI

El tiempo que dedico, Difunto, a escribirte,
ya no lo lloro, ya no lo sufro
Difunto, no es que duelas menos,
es que me habituaste a tu destemple.

XXII

Difunto, si rezas, eleva plegarias por mi alma.
Pide por mi vida, por este amor que es tuyo,
pide por olvidos, para frenar esta oquedad
que me carcome el pecho.

Difunto, si rezas,
enciende una vela por nuestros besos,
otra, por las madrugadas a tu lado,
una más, por el hubiera que no es cierto.

XXIII

Esta noche, Difunto,
quisiera arrullarte entre mis pechos,
brindarte mi calor,
a tu abrazo, inagotable.

Esta noche, Difunto,
quiero rendirme,
de vuelta, ante tus besos.

Difunto, este odio,
a veces, me resulta insostenible
y el llanto, inagotable.

XXIV

Me arde el pecho, Difunto,
por esta dificultad cardiaca,
—acaso amatoria—,
crónica,
que eres tú, Difunto,
con tus letras y tus nombres,
con tus mentiras quizá,
con tus amaneceres casi inocentes.

Difunto, me arde este amor agónico,
convulsivo, estentóreo:
me duele, Difunto… me dueles. 

XXV

Te me notas, Difunto, en la mirada.
Mística, me dicen unos,
silenciosa, dicen otros;
y una mueca que antes fue una risa,
se queda en las comisuras de mis labios:
cansada, contesto;
del alma y del cuerpo, pienso.

Te me notas, Difunto,
con tus muchas muertes,
con tu ausencia, con el frío,
con mis lágrimas océanos,
con estas, mis manos vacías. 

miércoles, octubre 17

Difunto



I

Maligna, le llaman ellos al amor del pasado.
Difunto, le digo yo a ese que nunca ha sido,
que murió antes de hacer historia.

Difunto mío, hoy no quiero hablar del dolor de mi pecho
o de las lágrimas que te derramo;
tampoco de lo que te extraña mi sexo,
o de la humedad que aún provocas
que seguro provocarás mucho tiempo—.

Hoy quiero hablar del hubiera que no existe
ese tiempo inconjugable
de nosotros
los cobardes
los que amamos detrás de las puertas,
con el corazón agazapado,
cubierto de miedos de antaño.

Difunto, esta mañana te reclamo, Difunto,
como reclama el mar mi cuerpo,
la arena mis recuerdos de la infancia;
te reclamo por el simple hecho de hacerlo,
porque poseo una voz que escucharás por largo tiempo.

Te reclamo, Difunto, porque no has muerto del todo
porque tus recuerdos se aferran a mis muslos,
a mis oídos,
a las noches de insomnio:
Difunto, muérete o revive,
pero no continúes en este intermedio dantesco
donde no eres, ni somos.





II

¿Cuánto tiempo ha pasado, Difunto?
¿Cuántas noches y ya olvidaste?
He perdido la noción de las estaciones,
el  luto riguroso no sé cuánto dura.
Difunto, te busco en el vacío de los silencios,
entre verso y verso,
en los conjuros alegóricos de las brujas.
Difunto, si tus palabras fueran ciertas,
si tus manos fueran mías,
como nunca lo fueron—,
Difunto, si escucharas mis palabras,
si conocieras el amor,
nunca habrías aceptado tu muerte.

III

¿Cuántos exorcismos de ti serán suficientes, Difunto?
¿Cuántos?
Porque cada verso es una manera de matar lo que ya ha muerto,
si cada letra que me dicto es el resultado de un pensamiento
que dice convencido que ya no estás,
que no estuviste,
Difunto, mentiría si digo “no te extraño”.

IV

¿De qué color es el olvido, Difunto?
¿A qué huele?
Tú que disipas los afectos
con cada uno de tus actos,
dime,
¿Cómo haces, Difunto, para que no te duela la ausencia?
¿Cómo se llena el hueco del pecho, Difunto?
¿Dónde irá a parar todo el amor que te tengo?
¿A dónde, si a nadie, carajos, le sirve?
Difunto, tu aroma no se escapa de mi recuerdo.

V

No estoy triste, Difunto,
soy dura como las rocas,
tan sólo es que no entiendo
el porqué de estas cosas.

Difunto, tú que todo lo sabes
siempre
no deberías ignorar
que hasta los peñascos 
pueden hacerse arena.

VI

Difunto,
eres el último de mi dinastía
de fracasos preestablecidos, te juro.

Serás el último,
porque mi corazón
no puede con más duelos
ni  más despedidas fatuas.

Difunto, ojalá que nunca el amor te duela tanto;
ojalá que entiendas que cada palabra es mentira,
que nada es cierto, salvo el silencio…
pero el silencio no existe, Difunto,
porque sin mover un ápice mis labios
me repito tu nombre como el abecedario:
de memoria, Difunto, como cada gota blanca de tu piel,
como cada gesto que ilustra tus falsedades.

VII

Difunto, eres el llanto que sollozo
antes de abrir los ojos,
de respirar el primer día de la semana.

Eres parte del adiós,
de la despedida,
así como fuiste parte fundamental de mi esperanza,
de mi aliento,
de mis noches perpetuas.
Encontré la paz y redención en tus amores,
Difunto,
habité mis castillos en el aire,
me quedé sin fe, sin alma…
te la llevaste toda, Difunto.

VIII

Si algún día vuelves, Difunto,
recuérdame que te regrese tus besos,
y pedir de vuelta el calor de mis abrazos,
mis caricias en la frente,
el cobijo que te di.

Difunto,
volverás un día,
quizá por accidente,
porque confundas el camino,
y entonces,
te diré aquello que tanto he callado.

IX

¿Qué más te escribiré, Difunto?
¿Hasta cuándo?
hasta desintoxicar mi alma de tu esencia,
hasta que te sude con cada poro,
hasta que sangren mis lamentos
y te olvide la memoria;
ojalá, Difunto, sea pronto,
para ya no desperdiciar papel
ni espacio
en estos llamados secretos de mi voz:
Difunto, te extraño, 
aunque tu presencia lastime en lo insondable.

X

Mi voz, Difunto, ha de olvidar tu nombre
aunque aún no sepa cuándo o cómo.

Esa voz, Difunto, ya no rogará por besos tuyos,
ya no se nombrará derrotada,
ni mirará hacia el pasado,
ni declamará tus versos.
Difunto, llegará el día en que te olvide,
aunque todavía no sepa ubicarlo en mi calendario.

XI

Algo que no podrás negarme nunca: tu recuerdo…
al que acudo cuando quiero acariciarte.

Difunto, no quiero que me toques,
pero yo no me canso de abrazarte en la memoria.

Difunto, mi odio hacia ti es grande,
terriblemente grande,
tanto como el amor que te tengo,
al que me aferro para no soltarte.

Difunto, te amo con cada célula;
te odio de la misma forma.

XII

Difunto, eres un poco de todo lo que imaginaba,
más, el resultado de tu historia,
más, tus miedos irracionales
y como resultado:
el hombre a mi medida,
el hombre que me daña,
el hombre sin remedio.
¿Qué sería de nosotros,
Difunto,
si no resultáramos tan dolorosa contradicción?

XIII

Me pregunto si me tendrás en la memoria, Difunto,
si extrañarás a esta que soy,
la mujer atípica
con miedos y malas palabras,
con dolores y angustias femeninas;
me pregunto, Difunto, si recordarás mi nombre,
el aroma de mi cuerpo,
el tamaño de este amor,
porque, Difunto, no puedes negar que te supiste amado,
ni tu temblor después de mis besos.
Difunto, no puedes…
    yo tampoco.

XIV

¿De qué hablaré, Difunto, después de ti?
Cuando el llanto se acabe,
tu recuerdo se extinga
y tu aparición me deje tranquila…
¿de qué hablaré, Difunto,
si hasta ahora no sé más que repetir tu nombre?
¿Aprenderé un vocabulario nuevo,
me quedaré muda,
preguntaré sobre el clima?
¿Cómo será mi voz cuando olvide cómo nombrarte?
Difunto, ¿cómo haces tú, para que nada te duela?

XV

Esta, la que suscribe,
quiere un olvido perenne,
donde lo tuyo se vaya,
en corriente centrípeta 
como en los hoyos negros
y no vuelva jamás.

Esta, la que suscribe y te llama “Difunto”
no puede parar su llanto.


XVI

He de parar este llanto, Difunto,
de extrañarte, de nombrarte para adentro.
A fuerza de Dios y de las gentes,
como dice el DRAE,
he de llenarme de olvido hasta los huesos, Difunto.